miércoles, 26 de agosto de 2015

Carpe diem.

Desperté como cualquier día, esperando que fuera algo monótono, rutinario... Pero no sucedió. 

Había olvidado lo que era despertar temprano y vi un amanecer que, a pesar del tiempo, seguía en mi nombre. Compré un café y descubrí, al acercarme al buzón de quejas y sugerencias que quería encontrar alguna que pudiera ser aplicable a mi vida. 

Caminé más de dos veces por los mismos camios, encontrándome algo nuevo cada vez; me siguió alguien que tampoco sabía a dónde iba; me perdí (desde hace mucho) y hoy, continuó la incertidumbre de no saber en dónde podía encontrarme. 

Leí poesía, derramaba contadas lágrimas y le daba los mismos cinco colores intermitentes a las páginas de un libro que terminó repleto de ellos, mientras el sol me golpeaba la espalda y por momentos llegaban las nubes a minimizar la sensación. 

Abracé a mi pasado vigente y me encontré a varios de mis errores vestidos de blanco. Escuché una historia de amor enredada y sonreí para mis adentros, porque el amor no tiene otra forma de ser. Me sumergí en el silencio de estantes llenos de letras, líneas e historia(s) hasta que, después de todo, localicé lo que necesitaba. 

Observé la escala de grises que se me presentaba en el cristal de la ventara, para finalmente, mientras el cielo se apagaba y la ciudad se encendía poco a poco, regresar a casa por la ruta que conozco.



A.A.

jueves, 6 de agosto de 2015

Inenarrable.

Escribir para ti jamás ha sido fácil, tengo que buscar algo que no te hayan dicho, algo que no hayas escuchado antes; pero es imposible. Y a falta de ello, decido que mi única opción es darte lo que va regando la tinta de la pluma que sostiene mi mano derecha con tus contadas, pero inolvidables caricias tatuadas en el dorso. Decido escribirte sin saber si lo leerás, con la esperanza de que así sea.

Hoy, decido escribirte para celebrar tu existencia, la fuente inagotable de inspiración que eres desde que te conozco; el extraordinario hecho de que hayas erizado más veces mi piel con tus melodías, que con tu tacto; las madrugadas y amaneceres interminables en las que has estado presente, el aliento que pierdes con poca frecuencia y el que me haces perder continuamente; tu voz constante en mi oído invitándome a quedarme y el tiempo persiguiéndonos, sin importar el camino; tus ojos claros cerrados, la sensación de tu barba en mi mejilla y las inenarrables marejadas que provoca en mí el saberte tan cerca. 

Te escribo para hacerte saber cuánto te disfruto desde hace ya varios años, a ti y al sonido de cada mañana en tus labios; para contarte que voy creando monstruos de ti mientras escucho ciertas canciones, que digo tu nombre a donde voy para que cuando llegues, me encuentres de a pocos.

Te doy  la catarsis de mis palabras, la sonrisa que me provoca el tener tu mirada fija en la mía y un agradecimiento más por la asombrosa compañía que eres aún en la soledad... Y por la tempestad que con tu voz, he disfrutado desde hace tantas vidas, desde hace tanto tiempo.



A.A.