Y después de todo, las personas a mi alrededor tenían razón. Dejaste de doler. Dejaste de dolerme. Dejé de necesitarte y poco a poco fui dejando de extrañarte. Tenían razón. Mi vida regresó lentamente a la normalidad. Mi vida regresó a lo que era antes de que aparecieras en ella, y entonces supe que podría vivir con lo que el destino había escrito para mí, con lo que no había escrito para nosotros. Dejé de verte en cada rincón para empezar a verme cuando el reflejo de los cristales me devolvía la mirada, una mirada que ya no te veía y que ahora me pertenecía. Ya no a ti. Ya no al brillo de tus ojos que provocaban el mismo efecto en los míos. Era mi mirada. Era yo sin ti.
Y como debía seguir para no estancarme con tu recuerdo... Seguí. Mi rutina estaba establecida: Despertar. Estudiar. Comer. Dormir... Y fingir alguna sonrisa. Despertar. Estudiar. Comer. Dormir.
Esa era mi vida, mi monotonía. Hasta que sucedió algo que no planeaba: Alguien llegó.
Alguien llegó y lentamente cambió mi rutina. Me regresó las verdaderas sonrisas y la voz. Comencé a conocerlo, a verlo en cosas simples. Empecé a hablar con él y de pronto el tiempo avanzaba demasiado rápido cuando estábamos juntos y demasiado lento cuando no escuchaba sus ideas.
Con esto, entendí que las personas a mi alrededor tenían razón: Encontraría a otra persona que llenara el vacío que dejaste en mi pecho al irte... Y así, volví a ser feliz, volví a ser feliz hasta que empecé a buscar en sus labios los tuyos y caí en la cuenta de que no eran tus besos. No era tu nombre el que debía pronunciar, pero sí el que vivía en mi garganta y el que mis oídos necesitaban escuchar. No eran tus manos las que sostenían las mías, ni parecido tenían. No era mi soledad sin él, era mi soledad sin ti. No eran tus huellas en mi piel. No eran tus palabras, eran las suyas; era yo queriendo encontrar las tuyas. No era mi corazón palpitando por el tuyo. No eras tú, era tu sombra. No eras tú, era yo buscándote en él sin encontrarte.
A.A.
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