sábado, 29 de noviembre de 2014

Amor cobarde.

Ojalá sintiéramos lo mismo. Sólo tú y yo. Ojalá tu corazón no estuviera tan roto y el mío no hubiera sanado en todo éste tiempo para formar uno solo con las piezas de los dos... Pero no.

¿Por qué cuando te veo siento que podría darte mis ojos para que me vieras y tú no me ves? Se me están derritiendo las alas que reparé esperando a alguien que, desafortunadamente no puedes ser tú. Se me acaba la ilusión de hacerte feliz. Se me agotan las ganas de quererte y la esperanza de que me quieras; porque un corazón no basta para que lo usen dos personas y el mío no es lo suficientemente fuerte. Se me termina el tiempo. 

Probablemente la solución sería alejarme de ti... Pero no quiero. Y no quiero porque extrañaría tu sonrisa perfecta, tus ojos cerrados, tu voz, tus berrinches y tu barba. Te extrañaría. Qué raro es estar escribiendo para ti, qué raro es quererte y qué raro es que seas tan fácil de querer. 

Perdona mi cobardía. Perdona mi orgullo. Perdona mi intensidad y mi sed de ti. Perdona a mi mirada si no se aparta de la tuya. Perdona este amor cobarde que quiero que se apague y no se acaba.



A.A.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Sombras de ti.

Y después de todo, las personas a mi alrededor tenían razón. Dejaste de doler. Dejaste de dolerme. Dejé de necesitarte y poco a poco fui dejando de extrañarte. Tenían razón. Mi vida regresó lentamente a la normalidad. Mi vida regresó a lo que era antes de que aparecieras en ella, y entonces supe que podría vivir con lo que el destino había escrito para mí, con lo que no había escrito para nosotros. Dejé de verte en cada rincón para empezar a verme cuando el reflejo de los cristales me devolvía la mirada, una mirada que ya no te veía y que ahora me pertenecía. Ya no a ti. Ya no al brillo de tus ojos que provocaban el mismo efecto en los míos. Era mi mirada. Era yo sin ti. 

Y como debía seguir para no estancarme con tu recuerdo... Seguí. Mi rutina estaba establecida: Despertar. Estudiar. Comer. Dormir... Y fingir alguna sonrisa. Despertar. Estudiar. Comer. Dormir. 

Esa era mi vida, mi monotonía. Hasta que sucedió algo que no planeaba: Alguien llegó. 

Alguien llegó y lentamente cambió mi rutina. Me regresó las verdaderas sonrisas y la voz. Comencé a conocerlo, a verlo en cosas simples. Empecé a hablar con él y de pronto el tiempo avanzaba demasiado rápido cuando estábamos juntos y demasiado lento cuando no escuchaba sus ideas. 

Con esto, entendí que las personas a mi alrededor tenían razón: Encontraría a otra persona que llenara el vacío que dejaste en mi pecho al irte... Y así, volví a ser feliz, volví a ser feliz hasta que empecé a buscar en sus labios los tuyos y caí en la cuenta de que no eran tus besos. No era tu nombre el que debía pronunciar, pero sí el que vivía en mi garganta y el que mis oídos necesitaban escuchar. No eran tus manos las que sostenían las mías, ni parecido tenían. No era mi soledad sin él, era mi soledad sin ti. No eran tus huellas en mi piel. No eran tus palabras, eran las suyas; era yo queriendo encontrar las tuyas. No era mi corazón palpitando por el tuyo. No eras tú, era tu sombra. No eras tú, era yo buscándote en él sin encontrarte. 



A.A.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Te Leo.

Últimamente he pensado mucho en ti y creo no saber por qué. No es una época del año. Es nada. Es todo. Ojalá tu nombre fuera un verbo para poder utilizarlo, conjugarlo y con él describir lo mucho que me haces falta; lo mucho que le haces falta a los lugares que solías visitar, a los lugares donde solías estar. 

Ahora parecen vacíos los salones, los pasillos, las calles. Son más frías las mañanas sin tus brazos. Y te recuerdo. Te recuerdo hablando con las tantas palabras que muchas veces no entendí y tuve que buscar. Recuerdo tus sonrisas. Nos recuerdo desde temprano, riendo y cantando las canciones que me regalaste, la voz que me hiciste adorar y que ahora, también vive en mi garganta. Te recuerdo por la música que encontré como efecto secundario de ti y de mí. Recuerdo nuestras pláticas, mis berrinches, tus enojos, tus gestos y la desesperación en tus ojos cuando discutíamos y yo seguía con mi necedad de siempre. Te recuerdo en las miradas, en las letras, en el arte y naturalmente, te quiero. Te quiero a pesar de lo que no pasamos.

Ojalá estuvieras aquí para poder decirte todo esto, o para no extrañarte tanto como ahora lo hago... Pero ya iré o ya vendrás de algún lugar que, espero, no esté tan lejos de mí y que, si lo está, te pueda seguir queriendo así, para que la saudade no se me vuelva costumbre con motivo de ti. 

Siempre con amor y para ti: 



A.A.