sábado, 27 de diciembre de 2014

Advertencia:

Que no sepa que es motivo de tus desvelos, porque se convertirá en insomnio. Que no sepa que eres mar, porque se hará huracán. Que no sepa que piensas en él, porque se mudará a tu mente y se quedará a vivir ahí sin intención de marcharse. Que no vea tus sonrisas porque se convertirá en el dueño de todas ellas.

No le confíes tus miedos, porque perderlo se sumará a ellos. Que no sepa que tu mirada se dirige hacia él porque se adueñará de tus ojos. No le escribas, porque su nombre se colará entre tus palabras. Que no te lea o sabrá tus secretos. Que no se entere de tu soledad o te la quitará para devolvértela cuando ya no la necesites. No dejes que aprenda tus necesidades o se volverá una indispensable. No dejes tus alas en sus manos o después no podrás seguir tu vuelo sin él.

Que no escuche los latidos de su corazón porque sabrá que está palpitando para él. No entrelaces tus manos con las suyas. Que no sepa todas las cosas que es capaz de hacerte, porque (el día que menos te lo esperes) te hará falta. No te acostumbres a su presencia porque no sabrás qué hacer cuando se vuelva ausencia. No le cuentes tus verdades o ya no podrás decirle mentiras.

No dejes que sepa de tu fragilidad o se podrá volver vendaval. Que no sepa que mueres (por él), porque se convertirá en epitafio. 


A.A

sábado, 29 de noviembre de 2014

Amor cobarde.

Ojalá sintiéramos lo mismo. Sólo tú y yo. Ojalá tu corazón no estuviera tan roto y el mío no hubiera sanado en todo éste tiempo para formar uno solo con las piezas de los dos... Pero no.

¿Por qué cuando te veo siento que podría darte mis ojos para que me vieras y tú no me ves? Se me están derritiendo las alas que reparé esperando a alguien que, desafortunadamente no puedes ser tú. Se me acaba la ilusión de hacerte feliz. Se me agotan las ganas de quererte y la esperanza de que me quieras; porque un corazón no basta para que lo usen dos personas y el mío no es lo suficientemente fuerte. Se me termina el tiempo. 

Probablemente la solución sería alejarme de ti... Pero no quiero. Y no quiero porque extrañaría tu sonrisa perfecta, tus ojos cerrados, tu voz, tus berrinches y tu barba. Te extrañaría. Qué raro es estar escribiendo para ti, qué raro es quererte y qué raro es que seas tan fácil de querer. 

Perdona mi cobardía. Perdona mi orgullo. Perdona mi intensidad y mi sed de ti. Perdona a mi mirada si no se aparta de la tuya. Perdona este amor cobarde que quiero que se apague y no se acaba.



A.A.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Sombras de ti.

Y después de todo, las personas a mi alrededor tenían razón. Dejaste de doler. Dejaste de dolerme. Dejé de necesitarte y poco a poco fui dejando de extrañarte. Tenían razón. Mi vida regresó lentamente a la normalidad. Mi vida regresó a lo que era antes de que aparecieras en ella, y entonces supe que podría vivir con lo que el destino había escrito para mí, con lo que no había escrito para nosotros. Dejé de verte en cada rincón para empezar a verme cuando el reflejo de los cristales me devolvía la mirada, una mirada que ya no te veía y que ahora me pertenecía. Ya no a ti. Ya no al brillo de tus ojos que provocaban el mismo efecto en los míos. Era mi mirada. Era yo sin ti. 

Y como debía seguir para no estancarme con tu recuerdo... Seguí. Mi rutina estaba establecida: Despertar. Estudiar. Comer. Dormir... Y fingir alguna sonrisa. Despertar. Estudiar. Comer. Dormir. 

Esa era mi vida, mi monotonía. Hasta que sucedió algo que no planeaba: Alguien llegó. 

Alguien llegó y lentamente cambió mi rutina. Me regresó las verdaderas sonrisas y la voz. Comencé a conocerlo, a verlo en cosas simples. Empecé a hablar con él y de pronto el tiempo avanzaba demasiado rápido cuando estábamos juntos y demasiado lento cuando no escuchaba sus ideas. 

Con esto, entendí que las personas a mi alrededor tenían razón: Encontraría a otra persona que llenara el vacío que dejaste en mi pecho al irte... Y así, volví a ser feliz, volví a ser feliz hasta que empecé a buscar en sus labios los tuyos y caí en la cuenta de que no eran tus besos. No era tu nombre el que debía pronunciar, pero sí el que vivía en mi garganta y el que mis oídos necesitaban escuchar. No eran tus manos las que sostenían las mías, ni parecido tenían. No era mi soledad sin él, era mi soledad sin ti. No eran tus huellas en mi piel. No eran tus palabras, eran las suyas; era yo queriendo encontrar las tuyas. No era mi corazón palpitando por el tuyo. No eras tú, era tu sombra. No eras tú, era yo buscándote en él sin encontrarte. 



A.A.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Te Leo.

Últimamente he pensado mucho en ti y creo no saber por qué. No es una época del año. Es nada. Es todo. Ojalá tu nombre fuera un verbo para poder utilizarlo, conjugarlo y con él describir lo mucho que me haces falta; lo mucho que le haces falta a los lugares que solías visitar, a los lugares donde solías estar. 

Ahora parecen vacíos los salones, los pasillos, las calles. Son más frías las mañanas sin tus brazos. Y te recuerdo. Te recuerdo hablando con las tantas palabras que muchas veces no entendí y tuve que buscar. Recuerdo tus sonrisas. Nos recuerdo desde temprano, riendo y cantando las canciones que me regalaste, la voz que me hiciste adorar y que ahora, también vive en mi garganta. Te recuerdo por la música que encontré como efecto secundario de ti y de mí. Recuerdo nuestras pláticas, mis berrinches, tus enojos, tus gestos y la desesperación en tus ojos cuando discutíamos y yo seguía con mi necedad de siempre. Te recuerdo en las miradas, en las letras, en el arte y naturalmente, te quiero. Te quiero a pesar de lo que no pasamos.

Ojalá estuvieras aquí para poder decirte todo esto, o para no extrañarte tanto como ahora lo hago... Pero ya iré o ya vendrás de algún lugar que, espero, no esté tan lejos de mí y que, si lo está, te pueda seguir queriendo así, para que la saudade no se me vuelva costumbre con motivo de ti. 

Siempre con amor y para ti: 



A.A.

martes, 21 de octubre de 2014

Te dejaría

Sigo viéndote. Especialmente cuando cierro los ojos. Cuando recuerdo nuestras promesas, nuestras palabras y tu voz como el sonido que más anhelaba escuchar todos los días. Te veo en los lugares que queríamos visitar juntos y que ahora, son los mismos a los que nunca llegamos, los mimos que ya no frecuento.

Te siento cuando la lluvia cae y azota mi ventana, cuando el sol invade mis poros, cuando las ráfagas de viento provocan que cierre los ojos y te vea de nuevo. Y aunque sea por esas fracciones de segundo, sé que sigues en mí. Te siento en el corazón averiado que late en mi pecho desde que te fuiste, desde que volvimos a decirnos adiós.

A veces, me gustaría dejarte. Dejarte atrás entre los pasos que doy por las aceras, en los suspiros que se me escapan cuando me acuerdo de ti o en las sonrisas que les devuelvo a los desconocidos que se cruzan en mi camino y que jamás vuelvo a encontrarme. Te dejaría si no estuvieras en todas partes, pero al dejarte, me dejaría también a mí.


A.A.

lunes, 13 de octubre de 2014

Muros.

Y después de todo lo vivido, de todo lo compartido entre los muros de un lugar, llega un momento en el que ni el cuerpo, ni el alma pueden más. No sólo porque los cambios son necesarios, o porque se necesita estar en constante movimiento; sino porque es desgastante vivir en lo mismo.

Las mismas caras. Las mismas palabras. Los mismos problemas.

¿Qué es lo que sigue después de que te das cuenta de lo mal que te sienta estar en ese lugar al que toda tu vida has llamado "casa", con las personas  a las que has llamado "familia" y conoces desde siempre, pero no sabes quienes son?

Porque vivir en el silencio, también es una forma de gritar; pero los gritos no consiguen apagar ese silencio ensordecedor en el que estás obligado a seguir, mientras estés encerrado entre cuatro paredes que ni siquiera te pertenecen.

 ¿Qué es lo que se tiene que hacer cuando necesitas soledad y esa está presente siempre en tu vida, pero no la encuentras por ningún lugar y no puedes llegar a ella de ninguna manera? 

Y así, dejando pedazos de vida y de sentimientos embarrados en el suelo junto con las pisadas de todos los que caminan por él, tengo que continuar. Con los restos de murmullos que van quedando cada vez que alguien no puede hablar en voz alta por cobardía. Con los pensamientos acosadores que ruegan por salir de mi boca, pero que tengo que acallar con lágrimas... Ya no sé si de coraje, de desesperación o de tristeza. 

Lo lamentable es que yo no soy la única víctima, ni mi cabeza, ni mis sentimientos... Aunque lo cierto es, que tampoco me quiero sentir como una, por no seguir el ejemplo de una persona que lo hace todo el tiempo arrasando con lo que tiene a su paso.

Pero ésta es mi vida. Y ésto, lo que pienso, aunque no lo tenga permitido... Y por lo visto tampoco debo expresar; pero que tú si puedes leer,

Guarda el secreto, probablemente todos estén escuchando.



A.A.



miércoles, 24 de septiembre de 2014

Me gusta su sonrisa.

Me gusta su sonrisa, ver sus ojos hacerse pequeños y las comisuras de su boca; ver sus ojos como las dos ventanas en las que podría mirar mi reflejo indefinidamente. Me gusta verlo llegar. Me gusta su voz y la manera en la que acaricia mi nombre las pocas veces que lo dice. Me gustan sus labios y cómo los muerde suavemente cuando está concentrado en algo. Me gusta su cabello y el modo en el que cae sobre su frente con perlas de sudor en días calurosos o con pocas arrugas cuando formula una pregunta o cuando está enojado. Me gustan sus efímeros abrazos, sus manos y cómo me saluda con ellas desde lejos. Me gusta verlo caminar, aunque sea con alguien más. Me gusta verlo sin que lo note y me gusta el momento en el que nuestras miradas se encuentran sin expresión alguna y sonrío por dentro sabiendo que me descubrió, que puede verme, encantarme con esos ojos y recordarme que hay momentos en donde vale la pena perder la razón, aunque sea sólo por unos segundos. Me gustan sus pestañas que están tan cerca de sus ojeras y ver cómo parpadea lentamente cuando tiene sueño. Me gusta escuchar su risa y me gusta la mía cuando escucho su nombre. Me gustan mis mejillas encendidas cuando hablan de él.

Me gusta su sonrisa... Prefiero su sonrisa.



A.A

lunes, 11 de agosto de 2014

Indiferencia

Hagamos un trato: 

Yo no hablaré de ti, si tu prometes tampoco mencionar mi nombre. No le digas a nadie que fui yo esa que sonreía cuando te veía y yo no diré que eras motivo de sonrisas. No hay que decir lo mucho que disfrutábamos platicar por horas, hasta tarde, de madrugada. No es mi mirada la que se cruza con la tuya de tanto en tanto. No es mi recuerdo el que pasa por tu cabeza cuando ves unos labios rojos. No soy yo.

Hablemos de la nada. Hablemos de nosotros.

No hay que contar cuántas veces nos encontramos sin buscarnos, pero queriendo vernos con ansias después de horas. No son mis ojos los que con cariño veías, ni son tus manos las que saben abrazarme a la perfección. No somos cenizas que quedaron porque terminamos en un abrasador incendio.

Que tu memoria no llegue a mejorar, para que no puedas pensar en las cosas que cambiarías si tuvieras la oportunidad, ni en los momentos que desperdiciamos y prometo que no inventaré una máquina del tiempo. Que tu conciencia no te traicione, porque la mía no lo hará. Que tu cordura no se vea afectada por lo pequeño que es el mundo en el que estamos todos los días, hay suficientes locos en el mundo. 

Hagamos ese trato implícito que hacen dos personas cuando las historias son brutalmente interrumpidas. 
Finjamos que no nos quisimos. Podrás caminar tan tranquilo como siempre y yo no te regresaré la mirada; porque las miradas son uno de los más bellos contactos a distancia. Olvidemos las palabras que dijimos y lo que sentimos; que tus labios olviden los míos, que los míos encontrarán la manera de hacerlo... 

...Es más ¿quién eres?


A.A.