"Adiós" fue la última palabra que escuché de su voz. ¿En serio se iba? Sí. En serio. Se fue. Se fue llevándose muchos de mis días felices guardados en su maleta y dejándome impotencia con las llaves que tenía de la puerta. Misma puerta que lo despidió con un sonido titubeante mientras la cerraba, como si ella también supiera que era la última vez que sus dedos rozaban el marco de madera.
Cerró la puerta de la misma manera que cerró mi pecho en el momento de su partida y me dejó fuera, fuera de mis emociones, de cualquier sensación. Cerró mi pecho cuando estaba fuera de mí... Por lo tanto, cuando regresé a ver si algo había quedado antes de convertirme en el desastre que era, sólo encontré el eco que me devolvía el otro lado de la cerradura. Encontré una rara especie de vacío, encontré las ruinas del amor que nos habíamos tenido.
Me encontré con las ganas de asignarle un recuerdo a cada gota de lluvia, para que al día siguiente, amanecieran evaporados, acumulados en un lugar desconocido. Me encontré con la duda de ¿cómo hace un cuerpo para seguir funcionando incompleto? ¿Cómo se las ingenia para que aún estando roto, no escuchen otros el sonido que hacen a cada paso sus piezas?
Todavía no sé la respuesta.
A.A.